
Alzaste tus manos hacia el crepúsculo para no sentirte vulgarmente inútil.
Tus ojos boscosos hicieron indiscriptible al hielo que se nos caía a pedazos y se escabullía venturoso por los parajes descubiertos del sendero. Se estrellaba contra las piedras del arroyo, taladraba el agua.
Y tú, parado en una baldosa, te mueres por acribillar al hielo...