Odian ver la decadencia invernal
en sus árboles, jolgorios y atuendos primaverales.
Eran sus voces a punta de revolcones en el fango de la pradera,
las que odiando, oían después de amar: La palabra no embellece al poeta.
Las gotas de lluvia embellecen a la rosa que yace,
tras el cristal de hombres y mujeres desahuciados,
casi muertos por la estocada aciaga de la vejez.
Ya no son suficientes las páginas ilustradas.
Tienen que rasgarlas para no ver el tinte descarnado de un paisaje ensangrentado.