miércoles, 11 de agosto de 2010

Encallar...


Cuando cae la niebla, cae el polvo, y se desliza precariamente por tu boca, y por los matices cristalinos de tu piel se abren camino hacia esas lianas faltas de rigidez que balancean fuegos lumínicos.

La inercia se aísla marchante por el blanco en flor. Te absorta la impotencia. El monitoreo te abastece de incesantes convulsiones y contrapones los hechos y la certeza.

Caes en el juego involuntario e impacientas los toques de miradas transparentes. No crees ni necesitas creer, sueñas, pero no lo necesitas, te disfrazas de voladora paloma albina, caen las cortinas, las cuerdas y los bozales. Cae la sangre, lluvia carmesí sobre los rombos cerámicos donde recostaron dos sueños dejando atrás los disfraces, dos solitarios eternos, solitarios de saciar instintos, solitarios de embriagar impulsos, de negar respuestas de preguntas ahogadas en malevolencia.

Hay sadismo entre nuestras desviaciones.
Hay idiotez en nuestra manía rutinaria.
Masoquismo entre frases.
Miradas de orgullo entre resignaciones.

¡Ven conmigo!, mutilemos las expectaticas, me alucinará el verde prado.
¡Violéntame!, me violentará tu melodía en decadencia amarga. Agridulce candelabro zigzagueante como el azabache maquinado en tus ojos. Y es que me gustas con coraje, y me repites invariablemente cuarenta y un capítulos infantilizados en delito. Crees que abandonaré esta nube. Te sorprendes, no lo entienes, no me importa.

¡Idiotízame!, una noche sin luna puede más que días concurridos por la luz. Desmembraste mi vida a tu antojo para darle un orden lógico. Me desbarataste, me despojaste y con desazón yo, ya no soy nadie. Nadie sin diamantes en mis manos, nadie sin dorados perlados, nadie con esta acción y reacción vagabunda. Vagabunda circundante por el eclipsado. Me eclipsaste. Me eclipsaste, vagabundo. Me dopaste lentamente con tus blasfemias, con tu descontrol, con tu inquietud blindada de insípidos golpes. De sangre insípida, escarlata, espesa. De sangre mia de la estocada final.

miércoles, 28 de julio de 2010

Cinco, cuatro, tres, dos, uno...


Más allá del rouge marrón que reviste tu boca puedo verla fruncida, como esperando dejar salir algo de Shakespeare o Voltaire. Más allá del rímel y el delineador tus ojos develan a una calculista desmesurada y violenta que con sus miradas es capaz de revestir esta habitación y cincuenta más si es necesario.

Como el nervio que va desde mi boca a tus deseos, me ramifico. Y así en perfecta vacuidad y con unas copas demás las puertas del sueño se cierran, encerrando todo lo que hay dentro, sin esperanzas de salir, sin esperanzas de renacer, sumergidos para siempre en el estanque después de algo tan grande y decidor, para no volver a sentir jamás la grandeza del agua desbordando los mares, ni volver a adormecer las aguas violentas con tus suaves miradas. Tus miradas que ya no existirán para mi, ni para ella. Porque después de este viaje algo murió para siempre, algo se fue para no volver, pero no lo sabe. Tal vez nunca lo sepa pues está en tus manos la lucidez de su conciencia. No seas cruel como yo lo fui. Permítele terminar de amarte porque yo no lo haré.

Desaté la lluvia esta tarde. Y esperé ver tu silueta bajo la puerta aunque el cielo se desangrara a tu espera. A nadie le importa si la rosa se marchita en soledad, pues patéticos, se consuelan a si mismos con epítetos de belleza dedicados a la rosa. Sacados de ella para derramarlos sobre ella. Porquería.

viernes, 23 de julio de 2010

Voces.-


Odian ver la decadencia invernal
en sus árboles, jolgorios y atuendos primaverales.
Eran sus voces a punta de revolcones en el fango de la pradera,
las que odiando, oían después de amar: La palabra no embellece al poeta.
Las gotas de lluvia embellecen a la rosa que yace,
tras el cristal de hombres y mujeres desahuciados,
casi muertos por la estocada aciaga de la vejez.

Ya no son suficientes las páginas ilustradas.
Tienen que rasgarlas para no ver el tinte descarnado de un paisaje ensangrentado.

jueves, 15 de abril de 2010

Inercia.-


Alzaste tus manos hacia el crepúsculo para no sentirte vulgarmente inútil.


Tus ojos boscosos hicieron indiscriptible al hielo que se nos caía a pedazos y se escabullía venturoso por los parajes descubiertos del sendero. Se estrellaba contra las piedras del arroyo, taladraba el agua.

Y tú, parado en una baldosa, te mueres por acribillar al hielo...